Libros que hay que releer: «Filomeno, a mi pesar», de Gonzalo Torrente Ballester

Libros que hay que releer Filomeno a mi pesar Mira que me gusta embarcarme en tareas imposibles. Como si no fuera suficiente con tratar de estar al día con lo que se publica en lengua castellana, propósito ya de por sí desmesurado, desde hace varios meses me ha dado por releer los títulos que me marcaron hace ya décadas, esos que se quedaron dando vueltas por mi cabeza vete tú a saber por qué. 

En este reencuentro con viejos amigos me estoy llevando muy felices sorpresas, y es que hay libros que se conservan tan frescos como el día que llegaron a la librería. De hecho, ahora que lo pienso, tengo yo muchas más arrugas que ellos, ay.

Comencé la serie con el extraordinario Mecanoscrito del segundo origen, de Manuel de Pedrolo, y la continué con otra maravilla: El enamorado de la Osa Mayor, de Sergiusz Piasecki. Hoy sigo con un libro que, en su momento, me fascinó: Filomeno a mi pesar, de Gonzalo Torrente Ballester. Mi duda cuando me puse con él era si seguiría haciéndolo treinta años después... 

 

Filomeno a mi pesar torrente ballester

Filomeno, a mi pesar

Filomeno, gallego de origen portugués por parte de madre, es un personaje de incierta y compleja personalidad, lo cual se refleja en un nombre de pila indeseado que suena a ridículo y en el uso habitual de sus diferentes apellidos según la situación y el país en que se encuentra. Tras estudiar Derecho en Madrid, se traslada a Londres para trabajar en un banco, es corresponsal de un periódico portugués en París y, después de residir en Portugal durante la guerra civil española, acaba volviendo a la Galicia donde nació. En el curso de estos viajes, y mientras la historia de Europa se va ensombreciendo progresivamente, Filomeno tiene experiencias de todo género que le hacen madurar y se enamora varias veces. Este itinerario personal forja la personalidad del protagonista, y constituye un hondísimo retrato que en la pluma de Gonzalo Torrente Ballester se enriquece con sugestivos matices de observación e ironía. Extraordinaria novela en la cual lo real y lo misterioso, la tragedia y el humor, el curso de una azarosa vida y la trama de la historia contemporánea se mezclan en una armoniosa síntesis de arte narrativo y verdad humana para darnos una de las grandes obras maestras de su autor.

 

No le tengo mucha estima a los premios Planeta, hace décadas que no se me ocurre perder el tiempo con ninguno (sin duda una injusticia, habrá alguno bueno, pero qué quieres: nunca me resultaron simpáticas las campañas comerciales disfrazadas de premios). Sin embargo, allá por 1988, cuando este libro ganó el premio Planeta, la cosa no era tan grave como hoy, o no la recuerdo tan grave.

Además, el autor bien merecía hacer una excepción: Gonzalo Torrente Ballester es un escritor con mayúsculas, un monstruo literario capaz de recrear mundos enteros en obras de arte como Los gozos y las sombras o Don Juan (otros dos títulos que habrá que releer, por cierto) y de lanzarse a experimentos tan valientes y arriesgados como La saga/fuga de J.B. Un escritor que bien se merecía el Nobel de Literatura, ese que le robó el mucho más mediático Camilo José Cela.  

Todavía recuerdo comosi fuera hoy la fascinación que me atrapó al empezar a leer este Filomeno. Supongo que el hecho de que el protagonista fuera gallego como yo hacía que los vericuetos mentales del protagonista, sus idas y venidas, su indefinición vital, no me resultaran ajenas. De hecho, más allá de sus otras abundantes cualidades literarias, uno de los grandes méritos del libro es que desnuda el alma gallega, la traspasa y la plasma de forma harto elocuente.

Más allá de sus otras abundantes cualidades literarias, uno de los grandes méritos del libro es que desnuda el alma gallega, la traspasa y la plasma de forma harto elocuente.

Pero Filomeno, a mi pesar. Memorias de un señorito descolocado, que tal es el título y el subtítulo completos, es mucho más que eso. Es un seductor recorrido por la primera mitad del siglo XX de Europa y de nuestro país y el retrato de una clase social, esa hidalguía bien aposentada que tanto abundó por estas tierras, en un momento en el que pierde su razón de ser, arrastrada por las arenas del tiempo.

Filomeno se deja arrastrar, casi sin voluntad propia, a merced de la historia, sin saber qué hacer ni qué pintar. Y, sin embargo, o precisamente por eso, pese a todo, se convierte en un lúcido cronista de una época, en una mirada distante y equidistante, que analiza y describe, aunque nunca, casi nunca, toma partido. O no lo hace de forma abierta, porque, en el fondo, en esa escritura entre líneas que tan bien se le da a Torrente Ballester, Filomeno sí opina.

De la mano del autor, en una primera persona muy seductora, conocemos la vida en el pazo miñoto y en la casa señorial de una ficticia Villavieja, recorremos los años veinte con la mirada de un niño privilegiado en lo económico y desamparado, o casi, en lo afectivo. Viajamos a Portugal y a Inglaterra, a Francia y de nuevo a España, y nos zambullimos en el ambiente opresivo del recién instaurado nacional catolicismo patrio, el del pensamiento único y el crucifijo a palos.

Y durante todo el camino nos acompaña, nos guía mejor dicho, una mirada lúcida, tremendamente lúcida, que refleja un universo mental fascinante: el del que jamás ha tenido que luchar por nada, pues todo se lo han dado hecho. Sin duda, un libro que merece la pena releer y que se disfruta tanto como la primera vez.

 

¿Lo has leído? ¿Te tienta?

 

 

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