«Civilizados hasta la muerte», de Christopher Ryan: desmontando el mito del progreso

Civilizados hasta la muerte, Chrystopher RyanVivimos, al menos en los países desarrollados, rodeados de comodidades. Tenemos calefacción central, ordenadores, coches, ropas, y millones de objetos que nos hacen la vida más fácil. Creemos que el progreso es imparable y que siempre es ascendente, que siempre seguirá mejorando la vida de las personas. Creemos, nos han inducido a creer, que la tecnología solucionará todos nuestros problemas: que un nuevo invento maravilloso solucionará la crisis climática, salvará el planeta y traerá la prosperidad a la humanidad.

Pero, mientras tanto, las desigualdades sociales son cada día más sangrantes, millones de personas pasan hambre y privaciones y las sociedades desarrolladas se encastillan en sus fortalezas mientras el planeta se desangra.

Es hora de echar la mirada atrás y plantearse con honestidad si lo que nos han contado es cierto. Si realmente los humanos modernos vivimos vidas mejores que las de nuestros antepasados nómadas. Si el desarrollo es un beneficio para el conjunto de la humanidad o si, por el contrario, hemos renunciado a nuestra esencia y la hemos sustituido por un sucedáneo al que llamamos civilización...

 

Civilizados hasta la muerte

Civilizados hasta la muerte,  de Christopher Ryan

 

El progreso, la ilusión básica de nuestra época, se agota. En general, los niños ya no esperan que sus vidas sean mejores que las de sus padres. Los escenarios distópicos están cada vez más presentes en la conciencia pública a medida que las piscifactorías colapsan, los niveles de CO2 aumentan y nubes de vapor radiactivo surgen de las plantas nucleares «a prueba de fallos». A pesar de las maravillas tecnológicas de nuestra época, o quizá debido a ellas, vivimos días oscuros. Producimos más alimentos que nunca, pero el hambre y la desnutrición siguen presentes en la mayor parte del mundo. Las tasas de depresión clínica y suicidio continúan su ascenso sombrío en el mundo desarrollado. Un tercio de los niños estadounidenses son obesos o tienen un grave sobrepeso, y la tasa de aumento de la depresión entre los niños es superior al veinte por ciento. Con la fe en el futuro fundiéndose como un glaciar sobrecalentado, incluso cuando la satisfacción con el presente se evapora, es hora de una reevaluación sobria del pasado, de aportar una mirada multidisciplinaria y científicamente informada de los efectos de esta fatídica divergencia. En Civilizados hasta la muerte, Ryan afirma que deberíamos empezar a mirar hacia atrás para encontrar el camino hacia un futuro mejor. 

 

Hay libros que te obligan a replantearte cuanto has dado siempre por cierto. Textos lúcidos que escapan al pensamiento teledirigido y ofrecen una visión alternativa, tan fresca que consiguen que las piezas oxidadas del conocimiento tradicional comiencen a chirriar. Y este es uno de esos libros clarividentes que reinterpreta el mundo y consigue que veas a tu alrededor con ojos nuevos.

En realidad, Christopher Ryan no sugiere nada que no intuyéramos ya. Pero sí ofrece una visión de conjunto y una explicación plausible que se replantea el mundo en el que vivimos, y que bebe de muchas investigaciones recientes. En él están de una u otra manera los trabajos de Yuval Noah Harari y de Jared Diamond, entre otros muchos. Sabíamos que el paso de la vida nómada del Paleolítico a la sedentaria del Neolítico fue una revolución traumática, que supuso un empeoramiento general de las condiciones de vida y de la alimentación, un incremento de las horas de trabajo necesarias para sobrevivir y una explosión de enfermedades nuevas relacionadas con la vida en contacto estrecho con los animales. Que fue, en resumen, un paso a peor.

El sedentarismo fue la base de una nueva concepción del mundo y el inicio del largo proceso que ha dado como resultado la civilización actual. En buena medida, fue el inicio del mito del progreso, del avance y la mejora continuas. Fue el disparador de las diferencias sociales, de la acumulación de riquezas, del individualismo feroz, de las jerarquías y de la lucha encarnizada contra nuestros semejantes.

El sedentarismo fue el disparador de las diferencias sociales, de la acumulación de riquezas, del individualismo feroz, de las jerarquías y de la lucha encarnizada contra nuestros semejantes.

Ryan nos obliga a replantearnos si este era el único camino posible. Si era el mejor. Si merecía la pena. Basándose en las más recientes investigaciones y estableciendo paralelismos continuos con los pueblos «primitivos» actuales, analiza las estructuras sociales y nuestras formas de vida y, en el camino, va desmontando mitos tan arraigados como el que asegura que hoy vivimos mucho más que nuestros antepasados de la prehistoria.

Se pregunta, por ejemplo, por qué las crueldades sistemáticas han sido habituales en las civilizaciones (subyugación de la mujer, esclavitud, disparidades extremas en términos de riqueza, etc.), pero escasas o inexistentes entre las sociedades recolectoras. Recoge testimonios sobre la autonomía, la libertad personal y la satisfacción de los pueblos recolectores y analiza la crianza y la cooperación entre los miembros de la tribu como mecanismo de supervivencia colectiva y los contrapone con la situación actual, con un mundo en el que el 40% de los estadounidenses consumen antidepresivos y la violencia, la desigualdad y la ansiedad crónica se extienden como plagas bíblicas.  

El resultado es una lectura que obliga a la reflexión. Aceptes sus premisas o no, sus planteamientos te harán repensar muchos de los conceptos que han dado forma a tu imagen del mundo. Solo por eso ya merece la pena dedicar unas horas a su lectura. Y otras tantas a mirar a tu alrededor.   

 

 

 

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